La pirámide y su juego de luces se llevaron la noche, cómo era de esperarse, pero ¡¿cómo no amarlos?! Si son lo que le dan vida al show con esa simplicidad que progresivamente se va complicando, solamente son líneas acomodadas de tal manera que forman triángulos, los cuáles, a su vez forman rombos y así sucesivamente. Todos los colores que hemos visto en nuestra vida estuvieron ahí y cada canción adoptó el propio: Televisión rules the nation fue rojo, Face to face verde y Around the world multicolor.
La pirámide no se gastó pronto, poco a poco todo fue tomando forma, conforme los que estábamos del otro lado aumentábamos la intensidad de nuestra voz y más que nada, de nuestros movimientos, las imágenes que ésta emanaba fueron cambiando de transiciones de colores primarios, hasta llegar a líneas, curvas, imágenes de las razas humanas (muy a lo United colors of Benetton), Bush, Bin Laden, partes del cuerpo… la pirámide parecía que en cualquier momento comenzaría a flotar sobre nosotros.
Lo más impresionante del show de Daft Punk –además del juego de luces– es la extraña interacción de los intérpretes con el público, que podía parecer inexistente, ya que en ningún momento se detuvieron para proferir el clásico “gracias México… blah blah blah”. Respondieron a nuestra energía simplemente bajando el volumen de la música para que cantáramos los sampleos, en otras canciones aplaudieron para que los siguiéramos y eso fue todo, al final una reverencia y un Au revoir en la espalda de una chamarra de cuero Dior Homme.
Independientemente de tratarse de la primera presentación de Bangalter y Homem-Christo en nuestro país, este show es único en su tipo por el simple hecho de posicionar a la música –cómo tal– en el primer lugar; ya que precisamente la idea de usar disfraces de robot y mantenerse en un aparente anonimato es lo que han mantenido viva la fórmula del dueto.
En sus conciertos no se va a ver a Daft punk, ni a gritarles que qué guapos están, simplemente se va a vivir una experiencia musical que ningunos otros músicos en el mundo proponen, en la que no importa el lugar, ni al compañía, simplemente el hecho de estar ahí, para que nos transformemos al menos una noche en robots, nos adentremos en su mundo y juntos entremos a esa maquinita ochentena llena de luces en la que el espacio no es el límite, ni las emociones imposibles en una máquina.