Robot rock: Daft punk en México

Nunca he conocido alguna persona que me haya dicho “a mi no me gusta la música”, creo que sería imposible tan siquiera pensar en un ser humano al que cierta sincronía de acordes y silencios no emocione –sin entrar en polémicas referentes a géneros–. Sabemos que el simple hecho de razonar nos diferencia de los animales y es precisamente esa capacidad la que nos hace canalizar lo que sucede en nuestro entorno para convertirlo en hechos relacionados con nuestras emociones. 

En este momento es cuándo todo se transforma, ya que tal vez, el simple hecho de escuchar el inicio de cierta canción a través de la bocina del vendendor del metro, nos hace recordar a un amigo, un amor o simplemente un momento especial, el cuál bien podría tratarse de un concierto del intérprete en cuestión. 

¿Qué es lo que más recordamos de un concierto? El anuncio de la visita de nuestro artista favorito, la compra del boleto, la espera, la llegada al lugar de la presentación, la ropa que vestíamos, con quien íbamos…  

Estos pueden ser datos que sólo los muy aprehensivos recordemos, pero lo que seguramente todos tenemos presente en la memoria es la imagen del inicio, los primero acordes y la expresión que reflejaba el rostro del intérprete en las diferentes canciones, lo que decía o decían, los gritos, pero sobretodo, todas aquellas emociones que experimentamos mientras estuvimos en la presentación. En el caso de Daft Punk, esta experiencia fue totalmente diferente. 

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